El maquiavélico complot de las matronas para hacerse con el mundo

Ayer me di cuenta de que somos víctimas de una conspiración para ser sometidos por la clase obstetra y las matronas. Me abrió los ojos un compañero de entrenamiento al contarme que la matrona había prohibido el consumo de pescado azul (en concreto el atún) a su mujer embarazada. Esta medida sólo puede obedecer a un motivo y es que la matrona pretende que nuestra población neonata carezca de ácidos grasos omega-3 que le permitirían acelerar su desarrollo intelectual, su memoria visual, su atención y fijación, su memoria y capacidad lingüstícas y, al fin y al cabo, ser más inteligente. La matrona argumentó que el motivo es el perjuicio que el mercurio acumulado en los grandes pescados oceánicos produciría en el desarrollo del feto, pero yo creo que el objetivo real es llevar a cabo un elaborado plan para impedir el crecimiento intelectual de la población y hacerse con el poder del planeta Tierra.
Como veremos pronto en la serie de artículos sobre omega-3 y ácidos grasos, la mayoría de pescados azules contienen mayor cantidad de selenio que de mercurio. El selenio juega un papel esencial protegiendo al organismo frente al mercurio e impidiendo que el último sea absorbido. Así pues, mientras el pescado sea más rico en selenio que en mercurio, el pescado es seguro. Las únicas excepciones son algunos tipos de tiburón, de ballena y el pez espada. Otros contaminantes diferentes también atribuidos al pescado azul, se encuentran en menor proporción que en alimentos terrestres como las verduras, por lo que tampoco deben ser motivo de preocupación.
Ahora bien, y lo que es más importante, es que el pescado azul es la principal fuente de ácidos grasos DHA y EPA. Estos ácidos grasos omega-3 son responsables del crecimiento intelectual del bebé y de muchas otras mejoras a nivel cerebral. Privar al niño de estos nutrientes es negarle una oportunidad para mejorar su desarrollo.

Nota: Quiero agradecer enormemente su labor a matronas y obstetras sin las cuales venir al mundo, o traer alguien a él, sería una experiencia mucho más solitaria y terrorífica. Mi opinión en este artículo sólo pretende estimular la renovación y la profundización en determinados dogmas que posiblemente hayan quedado obsoletos hace ya bastante tiempo.

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