La “cervecita” de después de entrenar, ¿realmente es tan buena?

Desde hace algún tiempo hasta ahora es frecuente encontrar en los medios de comunicación noticias promoviendo los beneficios de la cerveza en el ejercicio. Simplemente el título de estas noticias es suficiente para que muchos deportistas no sigan leyendo y adopten a pie juntillas esta práctica. Además, sirve para que muchos de ellos limpien sus conciencias y alcancen melopeas faraónicas después de los entrenamientos y competiciones. Veamos qué dice la ciencia sobre el consumo de alcohol y su efecto en el ejercicio.

Alcohol

El etanol es una de las drogas más ampliamente consumidas por los deportistas (88% en deportistas universitarios), existiendo incluso casos de consumo previo al ejercicio. Se considera uno de los principales problemas de salud mundial dada su capacidad adictiva, similar a la de la heroína o la cocaína. Su efecto sobre la salud tiene una gráfica en forma de “J”. Un consumo bajo o moderado está relacionado con una disminución de problemas cardiovasculares mientras que su abuso, crónico o agudo, se relaciona con numerosos problemas de salud y con una mayor mortalidad.

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Los efectos del alcohol relacionados con el ejercicio son bien conocidos y, prácticamente en su totalidad son ergolíticos (que perjudican el rendimiento):

  • El consumo crónico y agudo de alcohol perjudica seriamente la función del músculo cardiaco. Al parecer, esta disminución de la contractilidad se debe a un aumento de la oxidación en sus fibras que altera su funcionamiento. Este descenso de la fuerza de contracción del corazón produce una disminución del rendimiento en deportes que dependen de una importante capacidad aeróbica. La práctica regular de ejercicio compensa este aumento de oxidación y amortigua los efectos perjudiciales de su consumo crónico.
  • A nivel muscular, el alcohol impide la utilización de sustratos como la glucosa y los aminoácidos. Además, es de destacar que es una potente causa de hipoglucemia. Este descenso de la glucosa es una de las causas de que el alcohol disminuya la capacidad y el tiempo de esfuerzo y adelante el momento de la fatiga.
  • También a nivel del músculo, el consumo crónico de alcohol disminuye la cantidad de capilares y el tamaño de las fibras musculares. Al mismo tiempo, perjudica la capacidad contráctil de las fibras. El resultado final es una función muscular disminuida así como una menor capacidad de recuperación de las fibras y una menor hipertrofia.
  • El consumo agudo de alcohol produce un deterioro de las habilidades psicomotoras. Se ha comprobado que aquellos deportistas que consumen alcohol al menos una vez por semana tienen el doble de incidencia de lesión respecto a los no bebedores.
  • El alcohol interfiere en la capacidad de recuperación. El daño producido en el músculo, ya sea por el entrenamiento o por lesión, ve retrasada su recuperación hasta en un 44% cuando se consume alcohol. El alcohol interfiere en la síntesis de nuevas proteínas musculares para la reparación de las células dañadas. De aquí la importancia que la abstinencia del alcohol tiene en la recuperación del deportista lesionado.
  • El alcohol tiene un efecto negativo sobre los lípidos sanguíneos (colesterol, triglicéridos). En cuanto a ser una causa de obesidad y de aumento de grasa corporal, los estudios son contradictorios.
  • El efecto diurético del alcohol puede provocar deshidratación cuando es consumido en las horas previas al esfuerzo. Se ha observado en algún estudio, que esta deshidratación debida al efecto diurético no ocurre en la etapa posterior al ejercicio por lo que algunos autores recomiendan el consumo de bebidas alcohólicas (cerveza) para la recuperación al del agua.
  • Por último, el consumo agudo y crónico de alcohol produce alteraciones de la coagulación.
  • En resumen, el alcohol disminuye la capacidad aeróbica, el tiempo hasta la fatiga, produce hipoglucemias que provocan agotamiento prematuro, disminuye la fuerza de contracción muscular, empeora e impide la hipertrofia de los músculos, deteriora de manera importante las habilidades psicomotoras produciendo un aumento del riesgo de lesión y perjudica seriamente la recuperación muscular después del ejercicio o de una lesión.

    La “cervecita” de después de entrenar

    El consumo de cerveza después del entrenamiento o la competición es una práctica ampliamente extendida en nuestro medio. Se trata de un acto de socialización y de refuerzo positivo tras el ejercicio. Si a esto le sumamos la reciente repercusión que un estudio sobre cerveza y ejercicio ha tenido en los medios de comunicación, parece justificado y casi obligado el consumo de cerveza al acabar de entrenar. Pero no es oro todo lo que reluce y es posible que los resultados y conclusiones reales de este estudio hayan sido malinterpretados y sobrevalorados con fines mercantilistas o para calmar conciencias. Si bien la densidad de nutrientes de la cerveza es algo a tener en cuenta, no hemos de perder de vista su contenido en etanol. Hemos visto que los efectos perjudiciales del alcohol son dosis-dependiente, por lo que es presumible que dosis bajas no lleguen a ejercer el deterioro estudiado anteriormente, pero, ¿todo deportista sabe cuál es su dosis? ¿es capaz todo el mundo de parar cuando se alcanza esta dosis?

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    El estudio del que parte esta información fue publicado en 2009 por el Centro de Información Cerveza y Salud (pincha aquí para ver el estudio), lo cual pone en duda la independencia y los conflictos de intereses de los investigadores. Se trataba de un extenso trabajo de más de 150 páginas, muy bien estructurado, cuyas conclusiones se centran en la comparación del consumo de agua o cerveza posterior al ejercicio.

    Los parámetros valorados incluían peso perdido (que evidentemente se recuperaba a igualdad de volumen ingerido), masa grasa y magra (que no se modificaba ya que el tiempo hasta la medición postejercicio era insuficiente para observar cambios), parámetros sanguíneos de daño muscular (que se medían en el periodo inmediato postrecuperación, cuando es conocido que su pico es a las 48h), parámetros hematológicos y hormonales (poco significativos a corto plazo y que, por cierto, mostraban una tendencia a una menor concentración de hormona del crecimiento con la recuperación con cerveza) y parámetros psicomotores posteriores al ejercicio (y por lo tanto sin trascendencia en el mismo).

    El estudio concluyó que la cerveza era tan buena como el agua para la recuperación postejercicio, aunque debería haber indicado “en los parámetros estudiados y a las dosis utilizadas”, la mayoría de parámetros sin trascendencia en el rendimiento y sin un seguimiento temporal suficiente. No se estudian efectos sobre síntesis proteica posterior, ni sobre la capacidad de recuperación de la fuerza o torque muscular posterior ni sobre la incidencia acumulada de lesiones, entre otros.

    Aunque revelador en algunos aspectos y prometedor para futuras investigaciones, no debería considerarse este estudio como la referencia ni la guía definitiva para justificar las borracheras cerveceras postejercicio.

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