Las dietas altas en proteínas y su efecto en el cáncer y la longevidad

Recientemente se han publicado varios estudios que concluyen que las dietas altas en proteínas de origen animal se relacionan con una disminución de la esperanza de vida y un mayor riesgo de cáncer. Además, existe una creencia errónea de que las dietas altas en proteínas provocan daño en el riñón. En este artículo voy a intentar analizar el efecto que el consumo de alimentos de origen animal puede tener sobre la salud. Todo está en el equilibrio.

Las proteínas y el riñón

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Existe la creencia de que las dietas altas en proteínas pueden dañar el riñón. Esta creencia proviene del hecho de que en pacientes con enfermedad renal sea preciso reducir el consumo de proteínas de la dieta para que no empeoren. Esto no significa que en pacientes sanos El consumo elevado de proteínas dañe el riñón. Lo que sí se ha constatado es que este consumo elevado de proteínas aumenta el tamaño y la función de los glomérulos (unidades de las que se compone el riñón). Para algunos médicos este aumento de tamaño del riñón es interpretado como un problema. Sin embargo, la realidad parece ser que se trata de una adaptación a una situación muy concreta. Lo mismo pasaría durante el embarazo o en donantes de riñón que viven los mismos años que el resto de la población con uno solo (con glomérulos más grandes).

No existen evidencias científicas que hagan pensar que un consumo elevado de proteínas pueda dañar el riñón en personas sanas.

Los últimos estudios sobre carne y cáncer

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Los defensores de las dietas altas en proteínas (más del 20% de las calorías totales) se encuentran últimamente algo alarmados como consecuencia de la publicación un reciente estudio. Este estudio afirma que el consumo elevado de carnes, huevos y lácteos se relaciona directamente con un mayor riesgo de padecer cáncer entre los 50 y 65 años. No obstante, este mismo estudio concluye que en mayores de 65 años el riesgo es menor.

Se trata de un estudio observacional por lo que estaba sujeto a algunos sesgos y limitaciones. Una de estas limitaciones era la de no poder demostrar cuál es la causa exacta de este hecho. Para solventar este problema los investigadores lanzaron la hipótesis de que sería una sustancia, el IGF-1, la causante de este mayor riesgo de cáncer.

El IGF-1 es uno es un factor similar a la insulina que provoca crecimiento celular. Además, algunas investigaciones afirman que el aumento de la ingesta calórica tiene un efecto directo sobre el aumento de IGF-1. Es decir, que parecía ser que a mayor consumo de calorías mayor era la concentración de IGF-1 y en consecuencia mayor el riesgo de padecer cáncer. Esto lo comprobaron observando la reducción de IGF-1 cuando disminuía el consumo calórico.

Sin embargo, cuando los investigadores profundizaron en el tema, observaron que no eran las calorías totales sino la cantidad de proteínas en la dieta las que se relacionaban con el aumento de IGF-1, y con un aumento del riesgo de cáncer. La concentración de IGF-1 también disminuía cuando reducían las proteínas totales de la dieta.

Hasta aquí asusta bastante volver a echarse un filete a la boca. Pero es en el equilibrio y en los detalles dónde está la diferencia.

La culpa es de la metionina

La metionina es un aminoácido presente en las carnes magras y en la clara de los huevos. Resulta que también parece ser el principal culpable de la relación del aumento de IGF-1 y por consiguiente del riesgo de cáncer. De nuevo, la concentración de IGF-1 se reducía cuando disminuía la cantidad de metionina en las dietas.

Es aquí cuando entra en juego un nuevo aminoácido, la glicina. La glicina, junto con las vitaminas B6, B12, la betaína, la colina y el ácido fólico, intervienen en el metabolismo y eliminación de la metionina. De hecho, existen estudios que demuestran que el aumento de la glicina tiene el mismo efecto protector que la disminución de la ingesta de metionina.

De la nariz a la cola

¿Cuál es la conclusión práctica y la traducción a la dieta diaria de todo lo anterior? En primer lugar que no tenemos que tenerle miedo a las proteínas en el marco de una dieta rica en alimentos densos en nutrientes y con un aporte adecuado de glicina. La glicina, junto con los otros detoxificadores de la metionina, se encuentra en abundancia en partes poco habituales del animal como la gelatina, el tuétano, el cartílago, la piel o las vísceras. El consumo habitual de estas partes del animal proporciona la suficiente cantidad de nutrientes como para que la metionina no ejerza su efecto perjudicial. De hecho, uno de los alimentos que parecen contribuir a la longevidad de los asiáticos son los caldos y sopas hechos con huesos enteros de animales.

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Es importante alternar las pechugas, los filetes o el lomo de cerdo con otras partes del animal como el cartílago, el hígado, caldos hechos con sus huesos… es más, dado que la mayor concentración de metionina en el huevo se encuentra en la clara, es necesario el consumo del huevo entero, incluida la yema, para restablecer el equilibrio de metionina y sus detixificantes.

Come hígado, cartílago, caldos hechos con huesos y los huevos enteros

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